La oscuridad hacía que todo pareciera un poco irreal.
Al llegar de nuevo a la habitación de mi hijo, dudé un instante en la puerta antes de entrar. Estaba dormido, completamente ajeno al apagón, su respiración tranquila e indiferente al caos en que se había convertido la casa. Por un segundo, casi me sentí culpable por despertarlo, pero la curiosidad ya me había vencido.
Le sacudí suavemente el hombro.
Se movía lentamente, parpadeando en la oscuridad, desorientado.
"Necesito que me digas qué es esto", dije en voz baja, sosteniendo el objeto a contraluz en la tenue luz de mi teléfono.
Lo miró fijamente con los ojos entrecerrados durante un instante.
Y entonces su expresión cambió: no de miedo, ni de confusión, sino de reconocimiento inmediato.
—Ah —dijo, como si le acabara de enseñar algo completamente normal—. Es de mi juego de juguetes. Forma parte de un robot que estaba construyendo.
Una pausa.
"Debió de haberse caído debajo de la cama."
Y así, de repente, la tensión se disipó.
El misterioso objeto que había parecido tan extraño, tan fuera de lugar en la oscuridad, reveló de repente su verdadera identidad: un fragmento olvidado de la imaginación infantil, desprovisto de significado solo porque lo encontré sin contexto.
Me quedé allí un momento más, sujetándolo ahora con menos firmeza, casi divertido por la rapidez con que el miedo se transforma en algo trivial en cuanto llega la explicación.
Porque, al final, nunca representó una amenaza.
Nunca fue un misterio.
Ni un zumbido de advertencia, ni un oscurecimiento gradual; solo una oscuridad instantánea que envolvió toda la casa. Una oscuridad casi física, que presiona los ojos y desorienta la percepción del espacio. El refrigerador dejó de emitir su suave zumbido, el reloj se quedó en silencio e incluso el tenue resplandor de las luces nocturnas desapareció.
Por un momento, me quedé allí, tratando de adaptarme.
Vea el resto en la página siguiente.